Los puentes del judaísmo:
Romanticismo y novelística hebrea

Se cumple por estos días el sesquicentenario de la primera novela hebrea, Amnón y Tamar, de Abraham Mapu. Un análisis del acontecimiento literario que tendría impacto directo sobre el judaísmo visto como pueblo y nación.

Entre la Revolución Francesa y el Manifiesto Comunista transcurrieron sesenta años durante los que se desarrolló un movimiento cultural de rechazo al racionalismo dieciochesco. El romanticismo apeló a los extremos de la sensibilidad, inspirado en la vida cotidiana del pasado y el gusto por lo primitivo, aun por lo tenebroso.

No hay unanimidad para acotar cronológicamente la época del romanticismo literario. De un lado, el dictamen de Louis-Auguste Blanqui fue prematuro en por lo menos dos aspectos: se definió "comunista" antes que nadie lo hiciera, y ya en 1830 anunció el final del movimiento romántico.

Del otro lado, hay quienes extienden el período creativo del romanticismo hasta tres décadas más tarde, y señalan como rúbrica al poemario de Baudelaire Las Flores del Mal (1857), a partir del cual se produce en las letras un retiro hacia el mundo interior del simbolismo.

Entre esas dos fechas, paralelamente, en la literatura se desvaneció el romanticismo, y en la política se desmoronó el Orden Restaurador, socavado por las revoluciones en Francia, Italia y Alemania.

De las novelas de aquel turbulento período que aún se leen con fruición, mencionemos, de Europa, Los Tres Mosqueteros y Taras Bulba; de Latinoamérica, El Matadero y Amalia. En los Estados Unidos el movimiento se nutrió de la moral puritana del siglo diecisiete y el temario de sus novelas abundó en el heroísmo y la culpa existenciales. Cabe recordar Moby Dick, La letra escarlata, o La Cabaña del Tío Tom.

La influencia literaria del romanticismo moldeó incluso la filosofía. En Nueva Inglaterra nacía el movimiento transcendentalista, y aun en Marx se reconoce esa influencia cuando prologa su mentada doctrina con un toque novelesco: "Un espectro está rondando Europa...".

Esos lustros fueron creativos en obras literarias, también para la literatura hebrea. Que ésta engendrara a tiempo novelística romántica, fue justamente el signo de su maduración. La primogénita de las letras hebraicas fue Ahavat Sión (Amor de Sión) de Abraham Mapu, publicada en Vilna, fiel a esas postrimerías, en 1853.

El argumento es ingenuo. Desde el primer capítulo, el autor presenta a la familia de Yoram, ilustre y adinerado militar, y la de su íntimo amigo Yedidia. Cuando sus respectivas esposas Naamá y Tirza quedan embarazadas, uno a otro se prometen que si les nacieren un niño y una niña, promoverían su casamiento. Como este voto es formulado antes de que Yoram parta a guerrear contra los filisteos, los dos amigos se abrazan emocionados... y no dejan lugar a la duda del lector en cuanto a que los bebés Amnón y Tamar en efecto terminarán casándose al final del relato. Que este preanuncio completo se dé en el primer capítulo (salvo el nacimiento de los mellizos de Naamá, que se menciona en el segundo) es reflejo de la simpleza de estilo. Para colmo, los siguientes veintiocho capítulos vienen poblados de enredos que parecerían carecer de importancia.

Cabe la doble pregunta de cómo pudo un argumento tan ingenuo como el de Mapu fascinar a la generación del siglo diecinueve, y más aún, cómo puede seguir despertando interés en el lector del siglo veintiuno, para quien no es especialmente desafiante que el autor desde el inicio presente a sus personajes como "Yedidia el generoso" o "Yozabad el malvado". A primera vista, nada podría atraernos de una narración artificialmente enredada, ni de un desenlace previsible desde el primer capítulo, o de complicaciones que carecen de relevancia. En rigor, nada del argumento es importante, y he aquí el quid de Mapu.

 

Valoración de la novela

 

Lo fundamental no es que Tamar sea salvada por Amnón de los dientes de un león, sino que ambos se relaten una y otra vez el episodio (Tamar se lo cuenta a su amiga Maaká, y Amnón a su amigo Utz) en un hebreo que hace de las delicias del lector.

La afectada ligazón entre los episodios de la novela entorpece su lectura, pero no la esencia del libro: la reconstrucción de la vida en Judea durante el siglo octavo a.e.c., los reinados de Ajaz y Ezequías, la guerra, el heroísmo y el cautiverio, todo ello relatado en el mismo lenguaje de los profetas. No arbitrariamente una de las varias traducciones inglesas de la novela (Schapiro, 1902) se titula "En los días de Isaías". Mapu logra reconstruir la civilización judaica en su esplendor, y no urde con los cuadros que se suceden una crónica coherente, sino un poético rompecabezas.

Cabe una digresión acerca de las traducciones. Las de tres idiomas llaman la atención: ladino, alemán y árabe. La primera fue de David Fresco (1880); la segunda, de un lustro después, del poeta Solomon Mandelkern, quien la publicó bajo el título Tamar y omitió el nimio detalle de que el autor no era él mismo, sino Mapu (Mandelkern por lo menos tuvo la delicadeza que obvian otros plagiadores, de comenzar "su" obra en alemán con una elogiosa dedicatoria a Abraham Mapu). La traducción al árabe, por último, fue obra de un secretario de la corte rabínica de El Cairo a fin del siglo diecinueve (Salim al-Dawudi), cuyo objetivo fue mostrar la vitalidad del hebreo a los judíos árabeparlantes.

La novela de Mapu fue una sorpresa, primeramente, por su éxito arrollador. Aunque comenzaba a ser habitual que las obras iluministas agotaran varias ediciones, Mapu superó a todos y llegó a vender varios centenares de miles de ejemplares.

En segundo lugar, la novedad de Ahavat Sión consistió en que se recreara ante sus ojos el brillo del pasado judío, y en un marco de vida natural, bucólica. Hace medio siglo planteó Iaakov Fijman que es imposible evaluar en toda su dimensión la revolución que esta novela representó para las letras judías. Se reconstruye la vivencia agrícola, libre, en la tierra de la justicia, de los profetas, el amor y la alegría del vivir.

Hasta que la pluma de Mapu se revelara/rebelara, los reyes y profetas habían sido dibujados en dedicación exclusiva a cuestiones religiosas. El pueblo judío, que en el siglo diecinueve emergía de su letargo, pasaba a enorgullecerse de esa época añorada de independencia, de vida natural en nuestra tierra. Mapu escribió más tarde otra novela situada en los días de Isaías, "Ashmat Shomrón, La culpa de Samaria" (1866). Su grandeza volvió a expresarse en la sencillez del estilo bíblico.

Cómo no habría de conmover a un judío que renacía desde el ghetto, leer que la joven Tirza llega a Jerusalem a los diecisiete años, cuando su padre la trae desde Samaria para la festividad de Sucot, y que el mentado Yedidia se enamora de ella cuando la doncella le confiesa que "Sión es para mí un Gan Eden, y sus habitantes, como ángeles divinos". Se aman, se unen, y dan a luz a Tamar, la heroína del relato. Y tampoco faltó en el esquema narrativo arquetípico el cuadro de parejas dobles, con el amor entre Teiman y Penina, hermanos respectivos de la pareja central.

El enamoramiento, los ardides, las promesas, las mezquindades y las ambiciones se enmarañan en un lienzo que es en rigor el del ideal de la libertad nacional, y así allanó, desde las letras, el camino para la realización sionista.

En esto la novela se hilvana con aquella rama del romanticismo alemán que buscaba una identidad nacional. Del mismo modo en que Johann Gottfried Herder, iniciador del movimiento literario Sturm und Drang, se dedicó a la actividad típica de coleccionar canciones nativas (Volkslieder) como evidencia de la propia cultura, así, Abraham Mapu trabajó veinte años en esta novela para pulir el lenguaje bíblico perfecto y urdir la edad de oro de Judea. (Dicho sea de paso, también Herder, quien era amigo personal de Mendelssohn, fue un precursor del hebraísmo).

La del romanticismo fue una época particularmente creativa, en la que cada autor era seducido por una musa que le era propia. Así, los eventos históricos fueron la inspiración de James Fenimore Cooper, de Beaconsfield, o de Victor Hugo. Las clases sociales, de Stendhal o Balzac. El mar, de Heman Melville. Los vericuetos de la personalidad, de Dostoievski; lo tenebroso, de Edgar Alan Poe; la política, de los pioneros latinoamericanos; los arneses, de Walter Scott; los barrios humildes, de Eugène Sue o Charles Dickens; la violencia de los cosacos, de Gogol. La musa de Abraham Mapu fue la belleza de la Biblia, de su idioma y su marco histórico.

 

Influencias sobre y desde mapu

 

Que Mapu fuera el primero en moldear el hebreo bíblico en una novela, paradójicamente, justificó por un lado su traducción a varios idiomas, pero por el otro hizo imposible que esas traducciones reflejaran fielmente el límpido lenguaje de la Biblia que, como dijimos, es el verdadero protagonista. Lo son los juegos de palabras, poemas intercalados, sueños premonitorios, y versículos bíblicos insinuados página tras página.

Leal al estilo bíblico que intenta reformular, Mapu hace uso de retruécanos y de elementos simbólicos. Así, un anillo estará presente tanto en el obsequio de Yedidia a Yoram antes de la batalla, como en el del abuelo Jananel para Tamar, y en el zafiro de Teimán a su amada Penina.

Añádase que no sólo las posibilidades poéticas del hebreo motivaron a los autores iluministas, sino también el hecho de que en ese idioma los profetas habían forjado su lucha por la libertad, y contra el vacuo formalismo ritual. En este sentido, aquellas obras (incluida la novela de Mapu) despertaron no sólo admiración, sino también susceptibilidad. Las críticas que iban supuestamente contra falsos profetas, con frecuencia se percibieron como dirigidas contra la hipocresía que muchos iluministas le atribuían a la ortodoxia religiosa. Por ello Ahavat Sión no pudo desembarazarse de un tinte herético con que la recibieron en ciertos círculos. Estos permanecían alerta debido a la mordacidad que había caracterizado a los primeros satiristas, como Josef Perel e Itzjak Erter, quienes se mofaban de los jasidim y sus milagreros. Es más: Mapu mismo describió a su propia novela como una sátira, al compararla con la obra del clásico Luciano, el griego del siglo segundo.

Volviendo al hebreo propiamente dicho, varios habían precedido a Mapu en la elevación de nuestra lengua milenaria, y hasta 1850 la literatura hebrea renacía en cuatro géneros: poesía, épica y lírica; ensayo y publicística. Baste mencionar a Mijal, Yehuda Leib Gordon, Ranak y Peretz Smolenskin, como ejemplos respectivos de los encomiables logros a los que había llevado el renacimiento. Sin embargo, faltaba la novela, y ésta lo aguardó a Mapu.

Vale la pregunta de si aquella espera fue el resultado del lento contacto del escritor Mapu con la novelística europea coetánea. Mapu había sido educado en el mar del Talmud, pero cambió su rumbo atraído por el iluminismo, como le ocurría a muchos jóvenes de su generación que se abrían paso fuera de las murallas culturales del ghetto. Aprendió latín, alemán y francés, y conoció las letras y el vibrante mundo cultural europeos. Por ello alcanzó a ser el modelo del judío más creativo, aquél que marcha simultáneamente en los dos mundos.

 

Influencias exógenas y endógenas

 

En efecto, Yosef Kausner señala como sus posibles influencias a dos franceses cuyas obras precedieron en pocos años a Ahavat Sión. Uno, Alexandre Dumas, quien fuera el más prolífico y leído de todos los franceses, recordado por sus novelas históricas. Otro, Eugène Sue, quien compuso sus melodramas a partir de graves problemas sociales, y fue su novela Los misterios de París precisamente la primera en ser traducida al hebreo, en 1857, por Kalman Schulman. La otra famosa de Sue, El judío errante, fue salvada del olvido al que la habrían condenado sus limitaciones literarias, gracias a que el tema mítico siempre fascinó; fue llevada al teatro, cine, pintura (una serie de doce cuadros de Gustav Doré) y ópera (compositores judíos desde Scribe y Halévy en 1852 hasta Robert Saxton en 2003).

En cuanto a las influencias sobre Mapu, muy distinta es la óptica de nuestro gran crítico literario, Ierujam Fischel Lajover. Con su método de concentrase en las fuentes endógenas, Lajover retrotrae las raíces de Mapu no a la literatura europea, sino a la judaica.

La génesis de la literatura hebrea moderna podría rastrearse a antes del renacer iluminista del siglo diecinueve. Para ello, son dos los candidatos a "primeros brotes": o bien los dramas místicos de Moisés Luzzatto (1730) o bien la literatura moralista que nació en Berlín en torno de Moisés Mendelssohn (1750). Quienes niegan la posibilidad de estas dos estirpes, arguyen cuestiones de género: los dramas de Ramjal, aunque incluyen temas amorosos, siguen perteneciendo a la Cabalá, y el Kohelet Musar se circunscribía al ensayo.

Pero puede insistirse en ubicar en esa obra dieciochesca la influencia sobre Mapu, ya que éste, durante su precoz juventud, había adherido al jasidismo, incluso con inclinaciones cabalísticas, y la prédica moral-religiosa nunca le fue extraña. En la misma Ahavat Sión Teimán declama ante Amnón y Tamar que "Dios protege al perseguido", y Naamá (la madre de Penina) estimula a Amnón con que "tal vez Dios le mande un espíritu desde las alturas". Además hay tres aspectos más de Ahavat Sión que la vinculan a las mentadas obras. Se trata de una narración didáctica, en la que "los que la hacen, la pagan"; y abundan en ella los motivos bucólicos típicos de Luzzatto. Finalmente, el maniqueísmo no es ajeno a Mapu, tanto de personajes (Azrikam y Tamar son antípodas) como de temas: el contraste de Samaria y Judea (descrito por el pagano Zimri en un hebreo excelso, intraducible) y el de la aldea frente a la ciudad (en boca de Sitri el carmelita desde su cabaña).

Con todo, aun respetando los pimpollos de hebraísmo en Italia, Alemania y Austria, no hay duda de que la gran corriente romántica hebrea nació en Rusia, en el primer tercio del siglo diecinueve, y sus verdaderos parteros fueron Rivol, Mijal y Gordon.

La contribución de Mapu es de otra índole. A partir de su pluma, la literatura hebrea atraviesa por dos metamorfosis. El realismo reemplaza al idealismo, y se exacerba la agresión desembozada contra la religión judía. Ya la segunda novela de Mapu, Ait Zavua (El hipócrita) inaugura esta nueva línea.

El sendero que inauguró Mapu fue irreversible, y los escritores hebreos comenzaron a dedicarse a la novelística, que a partir de entonces produjo una obra por año y numerosas traducciones. Y se puso afán en la recreación del antiguo Israel, esfuerzos que probablemente llegaron a su cúspide en la monumental épica de Moshe Shamir, Rey de Carne y Hueso (1954).

Un aspecto adicional cautivó a los lectores de Mapu. El motivo que más se reitera en Ahavat Sión es el de la esperanza. Toda dificultad es un desafío a ser superado. El incendio en la casa de Yoram y Naamá, la sinuosidad del juez Matán, la amenaza bélica, la peligrosidad de un león. Tamar resume ese mensaje superador cuando alienta a Amnón para que no desespere: "¡Ten esperanza Amnón! ¿Acaso no es la esperanza mejor que la vida misma?". El mancebo le recordaría ese mensaje en sus cartas de amor, y el telón final de la novela baja cuando Amnón declara a su amada que, aunque siempre hubo protegido su esperanza, "lo que es mejor que la vida, es el amor de Tamar".

Esa generación de fe, es objeto de hermosos recuerdos en las memorias de Moshé Smilansky, probablemente las páginas más ilustrativas acerca de la reconstrucción de la Tierra de Israel. Smilansky arribó en tiempos de la Primera Aliáh, en 1890. En su diario incluye una simpática clasificación de los inmigrantes de aquella época, a quienes él veía acercarse a solicitar asistencia a una vieja casona que los "Jovevei Zion" mantenían en Yafo. Por un lado estaban los granjeros, que venían en representación de asociaciones colonizadoras; y por el otro los más pobres, que llegaban a Yafo por error ya que habrían preferido emigrar a América. Smilansky se detiene para agregar una tercera categoría, la de jóvenes que acudían a Eretz Israel sin saber por qué, "tal vez gracias a las semillas que en sus corazones habían plantado los relatos rabínicos, o los cálidos rayos de sol que irradiaban desde Ahavat Sión: la luz del sol de la patria ancestral".

Ahavat Sión se yergue como fresca muestra de que, también en la novela, el pueblo judío volvía a sus raíces. El relato de Mapu es por ello testimonial, y su título elocuente.

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