Contra lecturas post-sionistas:
Judeofobia y Ginebra, viejas malas
La judeofobia que se expande por Europa y el mundo es muchas cosas, menos nueva. Los intelectuales post-sionistas, avenidos de pronto a hablar del fenómeno, harían bien en admitir que ella es independiente de lo que hagan Israel y los judíos.
Muchas son las características que distinguen la judeofobia de entre los muchos odios que han enfermado a la humanidad: es el más persistente, letal, eficaz, profundo, obsesivo, universal y quimérico. Una cualidad, empero, brilla por su ausencia: la novedad. Bien tituló Robert Wistrich su libro sobre el tema: El odio más antiguo, y mal lo tituló el director del Cevipof (Centro para el Estudio de la Vida Política Francesa) Pierre-Andre Taguieff: La nueva judeofobia. Aplaudimos el sustantivo (Taguieff rechaza la voz "antisemitismo" que sólo confunde) y también el hecho de que en su obra se señalan sin vueltas los dos pilares de la judeofobia contemporánea (antisionismo y negación del Holocausto). Pero el adjetivo de su título es equívoco, porque la judeofobia no es nueva en lo más mínimo.
Corresponde esta precisión porque últimamente surgieron escritores y periodistas dedicados a explicar la "nueva" judeofobia. El motivo de su dedicación (ésta sí que es nueva) puede hallarse en que los explicadores han reparado solamente ahora en la dimensión del odio. Sólo durante estos años en los que la dura realidad viene socavando sus gastados dogmas, se avinieron a admitir la perseverante potencia del veneno judeofóbico.
En rigor, decíamos, la única novedad aquí es que ellos se dediquen al tema, pero como en general les cuesta la revisión autocrítica de sus propias ideas, han optado por describir al fenómeno como nuevo, y así han saltado desde el polo de haber minimizado la judeofobia por muchos años, hasta el de osar explicarnos sus causas, pletóricos de erudición y galimatías.
El común denominador de estas recientes tesis es que señalan a la judeofobia como la consecuencia, parcial o total, de la conducta del pueblo judío o del Estado de Israel. Este diagnóstico incorrecto es el quid; todo el resto es detalle. La judeofobia actúa independientemente de lo que Israel y los judíos hagan o dejen de hacer. No es por "la ocupación" que la biblioteca de Alejandría tiene una exposición de Los Protocolos de los Sabios de Sión, ni por la visita de Sharón al Monte del Templo que estalló la Intifada.
Como bien se sabe, una vez que se diagnostica mal, los remedios que se propongan serán inútiles o contraproducentes. Aun si Israel se replegara a las fronteras de 1967, Arafat seguiría matándonos en la medida de sus posibilidades, y aun si deshiciéramos la cerca antiterrorista, la prensa española continuaría vituperándonos.
Pocas actitudes agravan tanto la judeofobia, como el error de ceder ante ella, de mostrarle que en efecto "estamos dispuestos a cambiar" a fin de apaciguarla. La judeofobia busca eminentemente el éxito, y su éxito consiste en debilitar el rumbo natural de los judíos. Cuando lo logra, se monta en él para acelerar su insaciable sendero de violencia.
La perorata de los nuevos judeofobólogos tiene su paralelo en la tesis post-modernista acerca del "fin de las ideologías". No cabe duda de que hay ideologías que se han desmoronado estrepitosamente, como el marxismo, y no sorprende que precisamente los que hasta hace poco la sostenían olímpicamente, compensan ahora su incapacidad de autocrítica con el escudo de que "todas" las ideologías han muerto, ergo no hay nada que revisar. Yo me equivoco, tú te equivocas, todos nos equivocamos, aquí no ha pasado nada, y un siglo de estulticia intelectual hipnotizada por el espejismo socialista, no merecería ni siquiera una revisión (ni que hablar de disculpas).
Los autodesignados intelectuales exaltaron entusiastamente los peores desatinos, siempre con vocación de revisar críticamente la sociedad que los rodea (pero sólo la que los rodea y nunca la que moldea sus propias concepciones).
Recordemos al Jean-Paul Sartre de la década del sesenta con sus frecuentes viajes a la Unión Soviética de los campos de la Gulag; el vidente no veía ningún atropello a los derechos humanos, y regresaba a Occidente elogiando el paraíso estalinista.
Recordemos a los saramagos de todos los países, anunciándonos futuros que nunca se cumplieron, especialistas todos ellos en pronosticar el pasado. Una vez que sus dislates son desenmascarados por la mismísima realidad, prosiguen iluminados, enfadados, decretando sus fatuos veredictos bajo una meditabunda aura de profundidad. Denuestan a Israel a diestra y siniestra, judíos y gentiles mezclados, Chomsky, Theodorakis, García Márquez, Daniel Barenboim, Vargas Llosa, Joel Beinin, Bastenier y Almodóvar, sumados a israelíes como Moshe Zimerman, Zeev Sternhal, Avishai Erlich.
Abordan la cuestión de la guerra contra Israel, soslayando culposa y empecinadamente el dato esencial de esta guerra (el único dato cuya desaparición anunciaría el fin del conflicto): los enemigos del Estado judío aspiran a destruirlo y prosiguen impertérritos su marcha en esa dirección. Ante tanta culpa empecinada de los intelectuales post-modernistas, vale concluir con la máxima de George Orwell inspirada en Cicerón, que hacía referencia a los pacifistas de la década del treinta que cacareaban la necesidad del desarme frente a Hitler: "Hay algunas ideas tan estúpidas que sólo intelectuales pueden creer en ellas".
Los nuevos judíos, viejos
Siempre hubo judíos resistentes a admitir la realidad. Hoy en día más aún, ya que la realidad (que la judeofobia sigue tan activa como en el pasado) se oculta bajo los disfraces de "la solidaridad con el pueblo palestino", "las críticas y exigencias de amigos de Israel" o, peor aún, tras la hipocresía de los "deseos de paz" y "no a la guerra". Por ello se requiere mucha audacia y sutileza para contrarrestarlos.
En Israel el anhelo por la paz es casi una obsesión, y por lo tanto, aun cuando el anhelo en sí es una fuerza positiva, ha llevado a algunos israelíes a insistir ingenuamente en que, para obtener paz, sólo hace falta que el gobierno de Israel dé los pasos apropiados. Si no hay paz, pues es culpa nuestra. Aunque sea un poco culpa nuestra. La realidad es muy diferente. No había modo de satisfacer el impulso destructor del nazismo ni la tenacidad imperialista del comunismo, del mismo modo en que hoy no hay forma de apaciguar la brutalidad troglodita del fundamentalismo islámico ni la engañosa intransigencia del arafatismo.
Cuando frente a nosotros opera un enemigo que aspira a destruirnos, nuestra única culpa radicará en no derrotarlo, o en no aspirar a derrotarlo, o en no admitir, claramente y si vueltas, que tenemos derecho de derrotarlo y así lo haremos, como a Saddam.
Además de la aspiración a la paz, existe otra fuerza que ha empujado a algunos israelíes al mismo dislate de "corregir nuestros errores". A diferencia de la anterior, ésta no es positiva. Se trata del autoodio, que se expresa en un rechazo categórico, absoluto, militante, del uso judío de la fuerza, de toda fuerza, de cualquier fuerza, bajo circunstancias cualesquiera.
Esta apología de la debilidad rayana en el suicidio, es bandera compartida de los "pre-sionistas" de la ultraortodoxia y de los "post-sionistas" del pacifismo. A veces se inspiran en un prohombre de la filosofía judía como fue Martín Buber. Un artículo post-modernista que acaba de publicarse en estas páginas abre precisamente con una cita buberiana que refleja con transparencia la enfermedad. Cito la cita de Buber: "Cada vez que pensamos en conseguir poder, fallamos y desperdiciamos nuestro destino y el significado de nuestras vidas".
Pero, permítame, maestro Buber: ¿no está permitido desear conseguir poder siquiera para defendernos de quienes nos aniquilan?
A partir de la creación de Israel, Buber responderá no y no. Llegó incluso a condenar el celebérrimo juicio y castigo al monstruo de Adolf Eichmann.
Pero, permítame maestro Buber: ¿acaso no es un acto de justicia que las víctimas de Eichmann le apliquen la pena de muerte (por única vez en Israel) después de facilitar su defensa legal? No, insiste Buber, y con él los que sienten vértigo cada vez que el pueblo judío usa del poder para defenderse. "Matarlo a Eichmann es una salida fácil de un dilema moral que afecta nuestro espíritu y que desperdicia nuestro destino y el significado..." Perdón que interrumpa su sabihondez, maestro Buber, ¿pero qué hacemos con Eichmann? ¿Lo perdonamos, para eludir el maldito poder y el repelente uso de la fuerza? ¿Nu, post-sionistas, qué hacemos con Eichmann?
¿Qué hacemos con los grupos terroristas de hoy que anuncian querer exterminarnos, o que celebran el asesinato de párvulos sionistas?
Buber por lo menos dio una respuesta: recomendó que Eichmann fuera hospedado en un kibutz a los efectos de que el destino y el significado y el desperdicio y los trabalenguas y las lúcidas torres de marfil. En suma, a poner la otra mejilla, judíos, como indica el postulado nunca cumplido de una religión que no es la nuestra.
¡Para colmo de colmos, la mentada cita de Buber es ¡de 1929! Una fecha que constituye sobrado motivo para esconderla avergonzados, no para usarla de epígrafe. Imaginemos cómo habría sido la historia si en 1929 los judíos nos hubiéramos dedicado pertinaz y diligentemente a conseguir poder, sólo poder, más poder, a fin de defendernos del Holocausto que acechaba. Imaginemos cuánto mejor se vería el mundo si hiciéramos oídos sordos a los iluminados del significado, el desperdicio y el suicidio.
Esta gente está moralmente mareada. No sabe distinguir que el poder y la fuerza pueden ser aplicados en causas nobles, como por ejemplo defender la vida, los derechos humanos, o a Israel. Leon Rodal y Mordejai Anielewicz usaron la fuerza. También todo sistema jurídico se basa en el poder.
La doble confusión de los post-sionistas combina el rechazo de la fuerza (la fuerza de los judíos y sólo de ellos), con la inconciencia ante la enormidad de la judeofobia (o una conciencia tan tardía y tan parcial que no les da tiempo a modificar su actitud al respecto).
Les cuento un secreto, amigos post-sionistas: al Estado judío lo quieren borrar del mapa. Están empeñadas en esta obra civilizadora las fuerzas más oscuras del mundo. Regímenes misóginos, esclavistas, retrógrados, y violentos, que cuentan para tan excelsa cruzada con ilimitados recursos petroleros, con la aprobación automática de las Naciones Unidas, y con la aquiescencia europea que, cegada por siglos de judeofobia enraizada, sigue apoyando cualquier embate contra "el judío de entre los países". ¿Me explico, post-sionistas? (me tienta llamarlos post-racionales, pero no lo haré).
Los viejos europeos, nuevos
La ONU acaba de rechazar una moción (la primera que presentara Israel en su historia) que tenía como objeto defender el derecho a la vida de los niños israelíes. Huelga todo comentario.
La Unión Europea, no menos sincera, le clava a Israel puñales con los que no zaheriría a ningún otro país. Sólo si los niños asesinados son israelíes, la bomba será calificada de "resistencia legítima", y sólo si la oposición es al gobierno de Israel, se puede, como en Ginebra, pactar con ella soslayando al gobierno legítimo que ha elegido el pueblo en su democracia. Aun si semejante arrogancia conlleva entronizar a sectores políticamente marginales de la vida israelí que se arrogan la representación de nuestro país frente a líderes palestinos que sí representan a sus jefes, empeñados como están en destruir al Estado judío.
Es como si Gaspar Llamazares se reuniera en Londres bajo auspicios del gobierno inglés, con un ministro marroquí, y le cediera Ceuta y Melilla, y renunciara a Gibraltar. ¿Se enojaría el gobierno español con el de Inglaterra? Intuyo que sí, y eso que Marruecos no tiene como objetivo borrar a España del mapa.
No hubo en Ginebra ningún avance hacia la paz, sino la canonización del programa de Arafat por parte de Europa. Se estrecharon las manos, de un lado, Arafat y Europa; del otro, sus representantes en Israel, rechazados por el electorado israelí pero populares en el exterior en la medida en que aceptan el programa explícito de Arafat de acabar con nosotros "por etapas".
En Ginebra no hubo una sola crítica contra cabecillas palestinos de ninguna corriente, ni una sola palabra acerca de la responsabilidad que les cabe a ellos en la sangrienta guerra que nos han impuesto por tres años (por ochenta años). Por enésima vez, la única parte culpable que debe admitir responsabilidades, es Israel y sólo Israel. Los discursos de los palestinos ni siquiera condenaron al terrorismo (eso que en Europa, como dijimos, se conoce como "resistencia legítima" cuando las víctimas son judías).
Ningún documento producido en Ginebra menciona la aceptación de Israel como Estado judío. Ese es un aspecto de la nueva mentira europea (y de sus cómplices israelíes) que tiene como objeto ablandar las resistencias israelíes ante el proyecto suicida. El "acuerdo" se autodefine como firmado por un "Estado de israelíes" (judíos y palestinos) y un "Estado de palestinos". A buen entendedor, el acuerdo no sólo no avanzaría la paz, sino que abriría las compuertas de una perpetua guerra contra el Estado judío una vez que éste se avenga a concederlo todo.
El accionar de la judeofobia no tiene nada que ver con la conducta de los judíos, sino con el imaginario acerca de los judíos. Se nos pone en bloque, y se nos atribuye a todos los defectos (reales o inventados) de alguno de nosotros. Este procedimiento hoy se aplica mayormente contra el Estado de Israel, que viene absorbiendo la milenaria agresión judeofóbica. Israel es presentado como una violenta teocracia financiada por el poder internacional, y se proyecta en el pequeño país lo que son nuestros vastos enemigos: petroleros, violentos, dictatoriales y teocráticos.
El odio contra la única democracia de la región no se disipará cuando Israel se someta a las demandas de sus enemigos, sino cuando éstos sean derrotados en sus metas genocidas. Derrotarlos será una noble contribución al avance de la civilización humana y de la paz, por sobre las fuerzas medievales del odio y de la represión.
Por qué (nos) odian
Y por favor, no nos dejemos confundir con la pregunta de por qué nos odian. La primera pregunta, la esencial, es por qué odian. ¿Por qué los Osamas, Saddames y Arafates vehiculizan tanto odio de sus sociedades agobiadas?
Sin duda los pueblos árabe-musulmanes (el palestino incluido) padecen horripilantes desdichas: la esclavitud, la degradación de la mujer, la explotación de niños, la lasciva pompa de sus jeques, emires y reyezuelos, la violenta persecución de "desvíos" sexuales, la pena de muerte por apostasía o adulterio, la poligamia, la corrupción, la represión de conciencia, la falta de libertad de expresión, de asociación, de prensa; el atraso, el analfabetismo, la tendencia constante hacia la violencia, la aquiescencia terrorista. En fin: lo peor de las sociedades contemporáneas se ha concentrado en la guarida del mundo árabe, un resabio medieval al que su principal intelectual, recién fallecido, Edward Said, ha denominado "un infierno". Un infierno social al que lo agrava una característica que le es propia: echarle siempre la culpa al mundo externo. Como el liderazgo árabe es la antítesis de la autocrítica, nunca avanza en la solución de sus problemas.
La ONU, en el segundo informe del Programa para el Desarrollo, elaborado por expertos árabes y publicado a fines de 2003, muestra que la censura es practicada en todos los veintidós regímenes árabes, los que en toda su historia tradujeron al árabe menos libros que lo que España traduce en un año (Israel está en tercer lugar en el mundo, con quinientas traducciones anuales por cada millón de residentes).
También muestra el documento que la distribución media anual de un libro entre la población árabe (280 millones de personas) fue de ¡dos mil ejemplares! (una cifra irrisoria que ya incluye un alto porcentaje de libros islámicos). Son sociedades que reprimen la curiosidad, el aprendizaje, la lectura, la creatividad, la crítica, todo lo bueno. ¿Pues cómo no van a aborrecer?
El promedio mundial de computadoras por cada mil habitantes es de 80. En los países árabes, menos de la cuarta parte. ¿Cómo no van a envidiar? Los árabes conectados a Internet no llegan al 2%. ¿Pero cómo diablos no van a odiar? ¿Qué han hecho ellos con sus desiertos y en qué los hemos convertido nosotros, con muchísimos menos recursos? ¿Cómo no van a odiar? ¿Cómo no van a echar a otros la culpa de que dilapidan su petróleo en basura?
En el informe se muestra que, en tres años, más de quince mil médicos árabes abandonaron sus países y, en fin, se revela toda la infelicidad de la que, por supuesto, la culpa la tiene Israel.
Así lo dicen ampulosos post-sionistas: el problema de los árabes es Israel y la ocupación. Justamente, al alentar el planteamiento de que Israel es el problema, les permiten a los que aborrecen seguir desviando su enojo hacia el ubicuo enemigo externo, y ayudan a los amargados a desatender sus gravísimos problemas, y justificar su odio.
No casualmente quienes han firmado la iniciativa de Ginebra del lado de Israel, provienen de más allá de la izquierda laborista. Su visión no es nueva; es herencia directa del marxismo. Ven a la política como una ciencia exacta. No pueden cometer errores. Ellos saben. Que en el pasado cercano nos hayan empujado a los israelíes al mismo abismo terrorista y a la misma trampa, la de los acuerdos de Oslo, no los disuade. Si la realidad no ha salido de acuerdo a como la planearon Beilin y Burg, pues la realidad está equivocada. Y hay que intentarla nuevamente en Ginebra. No se detienen ante la socava a la democracia que significa negociar sin haber sido elegidos para ello. Porque tienen la verdad absoluta en materia política.
Cuando en un par de años más haya elecciones en Israel y su propuesta sea demolida en las urnas por la sensatez del votante israelí, se sonreirán socarronamente y seguirán su marcha impávidos. No los entendemos, nosotros los tontos. Europa los financia y aplaude, y ellos no requieren de ser gobierno legítimo porque la verdad absoluta les es suficiente.
Como al escribir estas líneas no me arrogo poseer la verdad, preveo que habrá quienes disentirán con mis reflexiones. Me alegro, y espero humildemente que no atribuyan mis imperfecciones a que amo la guerra. Es cierto: quienes se oponen a la iniciativa de Ginebra del lado árabe, se oponen a ella porque suponen que traerá paz con Israel. Pero quienes nos oponemos del lado israelí (es decir la mayoría de los israelíes) la resistimos porque estamos convencidos de que iniciativas así sólo promueven la guerra. Y los israelíes queremos paz. Una paz perdurable basada en el mutuo respeto y no en la desaparición de una de las partes contendientes, que fue y sigue siendo la meta de Arafat y su morralla.
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